Hace 2025 años, en una semana como esta venidera, nuestro Creador quiso que su Hijo se encarnara en el seno de una joven chica, de tostada piel y de Inmaculada Concepción, en Tierra Santa. Esa humilde pareja de un carpintero y su esposa iban a ser testigos y artífices del mayor milagro del Universo, el nacimiento del Mesías, la mirada de reconciliación de Dios con la humanidad.
Antes del nombre, antes del destino, antes incluso del sufrimiento del sacrificio para el que nació, ese Niño abrió los ojos al mundo y encontró a su Madre; aquella mirada fue su primer hogar y sería para siempre su refugio y el de toda la humanidad.
Entre ambos se había sellado ya, en lazo de sangre y divinidad, el compromiso por la vida. Esa primera y dulce mirada entre Madre e Hijo marcaba el amor del momento de la venida al mundo de Jesús. María, atenta a cada bostezo del pequeño retoño que Dios le había confiado apenas podía contener las lágrimas de alegría de tan maravilloso regalo. Era una fría noche de un 24 de diciembre, en un establo de Belén, entre animales y en el mismo pesebre en el que comían burros y vacas; ahí José, su padre terrenal, le acunó con toda la delicadeza y amor que cualquier papá puede coger a su hijo. Había nacido Jesús de Nazaret, nuestro Salvador.
El inconfundible aroma que todo recién nacido desprende se tornó para esos padres en sublime perfume que purificaba aquel modesto y sencillo portal al mundo. Nuestro Señor seguía haciendo sonreír con sus tiernos y frágiles movimientos a María y a José cuando empezaron a llegar curiosos atraídos porque se había cumplido lo que había anunciado un ángel a unos pastorcillos: ciertamente, había nacido el Redentor. La noticia corrió rápidamente entre la gente de la zona mientras, en el horizonte, cada vez brillaba con más fuerza la intensa luz de una estrella que se posaría justo encima de esa sagrada familia para indicar a reyes y a sabios de todo el mundo cuál era el lugar exacto del nacimiento de la criatura que, unos años más tarde, entregaría con santa docilidad su propia vida por la humanidad entera.
María no decía nada. Las madres no necesitan decir nada cuando miran así. En sus ojos cabía el cansancio del arduo camino pasado, el asombro del milagro de la tierna vida pero, sobretodo, cabía el amor que daría cobijo para siempre a quien reconoce en esa mirada un lugar donde quedarse. Desde entonces, a Dios por María.
No importaban ya el establo, ni la noche, ni el frío que respiraban las piedras. Había nacido quien, con su entrega y su vida entera, sostendría a todo aquél que pida su ayuda. Empezaba el triunfo de la bondad absoluta y de la naturaleza del amor de esa mirada que compartió con su Santa Madre desde su llegada la noche de Navidad.
Desde entonces, en este mundo que nosotros demasiadas veces tornamos inhóspito, regresamos a esa escena para entender que la fortaleza puede convivir con el dolor y la herida si esta, al final, sirve para dar gloria a Dios en el Cielo, del mismo modo que Jesús y su Madre abrazaron la Cruz.
JORDI GUIRADO és regidor de Vox

